Esa esquiva empatía masculina

Publicado : 23 Enero, 2012 en Voz Chile 21

Por María de los Angeles Fernández


La diferencia de comportamientos entre hombres y mujeres se habría ido diluyendo lentamente en algunos ámbitos. En el político, sin ir más lejos, es posible observar algunas señales, tanto en el plano de la participación política de masas como a nivel de elite. Para el primer caso y, más concretamente, en el campo del comportamiento electoral se detectaba que las mujeres, no solamente eran más conservadoras que los hombres, sino que tenían menos probabilidad de participar en política. Sin embargo, esta diferencia ha dejado de persistir. Existe una contundente evidencia, avalada por estudios como los realizados al alero de la Encuesta Mundial de Valores que dirige Ronald Inglehart, que muestran una realineación, en especial en las sociedades industriales avanzadas. Las mujeres se están moviendo hoy más a la izquierda que los hombres. Ello se explicaría por factores tanto estructurales como culturales. Por otro lado, a nivel de las elites políticas, filósofas como Victoria Camps advierten sobre la adopción del modelo de trabajo y dominación masculina como parte de lo que denomina “contradicciones de la emancipación femenina”. Una aseveración de esta naturaleza no deja de sacar chispas. Las propias mujeres pioneras en ámbitos masculinos se autoperciben a sí mismas como muy femeninas y, adicionalmente, para el caso de las parlamentarias, está comprobado el aporte que su llegada ha significado para el trabajo legislativo. Las parlamentarias, en general, han tendido a visibilizar e impulsar temas que forman parte de la experiencia de vida femenina, promoviendo el abordaje de temas que antes se consideraban privados, al ámbito de lo público e inabordados en parlamentos de absoluta composición masculina. Por tanto, si se ha producido alguna “masculinización”, se trataría más un asunto de estilos que de resultados políticos. Es por ello que la apelación de la ex Presidenta Bachelet al ejercicio de un liderazgo femenino generó entusiasta adhesión, particularmente en las mujeres. Frente a esta situación, no resulta extraño que, cada cierto tiempo, se conozcan estudios que traten de recordar lo distintos que somos. Uno de los ámbitos que permitiría reflejarlo es el cerebro, que expresaría las diferencias de género a la hora de sentir, pensar y actuar, aunque habría algunas etapas de la vida en que las diferencias tenderían a diluirse como la vejez y el embarazo. Estos hallazgos no ponen contento a todo el mundo. Para partir, ciertos sectores consideran que contribuyen a la esencialización tanto masculina como femenina, por cuanto dichos resultados podrían contribuir a profundizar los estereotipos de género. Además, surgen dudas acerca de donde termina lo biológico y donde comienza lo cultural. Pionera de estos estudios ha sido Louann Brizendine, la neuropsiquiatra que escribió dos obras de referencia: El cerebro femenino (2006) y El cerebro masculino (2010). Una de las mayores diferencias se encontraría en la capacidad de empatizar, de ponerse en los zapatos del otro. La explicación, a su juicio, estaría en dos circuitos neuronales que procesan las emociones. Uno es el sistema de las neuronas espejo, que nos lleva a reflejar la conducta de quien tenemos enfrente y sintonizar con su ánimo y afectos. Este es el que marca el estilo femenino. El otro es el de la confluencia temporal-parietal, que nos lleva a buscar soluciones a los problemas que causan malestar emocional. Es el sello masculino de enfrentar los conflictos. Y aunque ambos cerebros cuentan con los dos sistemas, cada uno echa mano a uno de ellos con mayor predilección. Esto lleva a que, mientras las mujeres buscamos ser escuchadas y comprendidas, es decir, pedimos atención, ellos buscan la forma de resolver la situación, o sea, están distraídos y pensando. En este marco, no es extraño que constituya una rareza la existencia de muestras o expresiones, incluso artísticas, donde los hombres intenten ver el mundo desde el prisma femenino. En el cine, un ejemplo inolvidable es la película “Lo que ellas quieren”. Más allá de la hilaridad que produce por momentos, muestra lo desconocido que es el mundo de las mujeres a los ojos de los hombres. Wikipedia nos recuerda, con relación a esta película, que Nick Marshall, interpretado por Mel Gibson, “es un hombre de éxito en el mundo de la publicidad, que cree tener el mundo a sus pies, aunque en realidad es un perfecto machista y egocéntrico. Pero un día, en una especie de arrebato o simple curiosidad, empieza a probar los productos femeninos de su nueva campaña publicitaria. El resultado es que acaba electrocutado en la bañera por culpa de un secador, pero sobrevive de milagro. Sin embargo, los milagros no acaban allí, ya que, descubre que a partir de eso, empieza a escuchar los secretos y pensamientos de las mujeres que le rodean”.
Se pensaría que en el campo literario podríamos encontrar más casos de hombres que exploran el universo femenino. Sin embargo, es algo todavía excepcional. Las más reciente y celebrada novela de Javier Marías, titulada Los enamoramientos, es narrada en primera persona por una mujer, María Dolz, empleada de una editorial aunque no es la protagonista principal de la historia. A pesar de su título, tampoco sería una novela de amor.
Siempre en el campo de las excepciones, le toca el turno a las Ciencias Sociales a través de la recomendación de un libro que no debiera dejarse de leer. Su título es “Hombres y mujeres: ¿un amor imposible? (2007). Elaborado por académicos, con amplias referencias que nos resultan reconocibles aunque se centren en España, su estilo es ameno y divulgativo. Tal como se señala desde la partida, “el autor, hombre, ha analizado a las mujeres y la autora, mujer, ha analizado a los hombres, para mantener la máxima distancia subjetiva posible con el objeto de análisis”. El no requiere mayor presentación. Se trata de Manuel Castells, ampliamente conocido por sus aportes a la llamada “sociedad red”, quien realiza un ejercicio reflexivo y analítico pionero. En el mundo académico, el intento por comprender las problemáticas y vivencias femeninas ha estado también sostenido en hombros de mujeres, a su vez feministas. A partir de la constatación y caracterización del patriarcado, le atribuye a éste las causas por la condición de desigualdad y discriminación femenina en el mundo del trabajo. Como el patriarcado se mantiene, a su juicio, inalterable, pero ha cambiado la mujer, lo que nos encontramos es lo que él denomina “la mujer desgarrada” en un contexto en el que no hay vuelta atrás por cuanto, afirma, lo que ha cambiado es la conciencia de ser mujer. En este proceso, Castells reconoce el aporte del feminismo, al que le asigna el papel de “elemento detonante de un cambio cultural de dimensión histórica” y que define genéricamente como “la afirmación de la autonomía de la mujer, de la capacidad de la mujer de decidir su propia vida”. Hay otros ámbitos que Castells explora como las transformaciones de la sexualidad femenina, la forma en que la mujer se relaciona con los medios y es proyectada por ellos, la evolución de la familia hacia otras formas y la relación existente entre violencia de género y el proceso de autonomía femenina. Castells reconoce que los hombres no acaban de entender estas transformaciones, a su juicio irreversibles, y que el punto de partida para hacerlo, porque de lo contrario la espiral de violencia no cederá, es la aceptación mutua del fin del patriarcado.
Caminamos, según Castells, hacia el postpatriarcado. Si aceptamos esta premisa, resulta inevitable preguntarse qué pasará por la mente de muchos chilenos, luego que el debate público acerca de la ampliación del postnatal inclinó la balanza hacia la mayor responsabilidad femenina en la reproducción, la crianza y el cuidado. A la fecha, la prensa reporta que se han tomado 29.181 permisos de postnatal, entre los cuales se encuentran solamente 189 permisos parentales. La situación era esperable. Al ser intercambiables, son mayoritariamente tomados por la madre. La ley se aprobó de tal manera que no incentiva el involucramiento efectivo de los hombres en la paternidad desde el primer instante. Y debiera ser ésta, más que ninguna otra, la primera escuela de desarrollo de una empatía para la cual el cerebro masculino, de acuerdo a los estudios de Brizendine, no estaría adecuado espontáneamente.

 Algunos derechos reservados por University of Salford
Publicado en www.momwo.com
el 23 de Enero de 2012